El quiebre de la democracia del 11 de septiembre de 1973 ha causado, hasta el día de hoy, múltiples repercusiones. En el plano de la arquitectura, es innegable que la misma violencia aplicada directamente sobre los cuerpos y mentes de las personas, fue dirigida también contra la ciudad. La superficialidad y falta de visión integradora con que se administró la planificación territorial, han agudizado problemas que ya habían sido diagnosticados a mediados del siglo pasado, además de generar otros nuevos, afectando a toda la población, y no solamente a los que viven entre carencias.

El trabajo de Alejandro Rodríguez es un ejemplo claro de la visión de los arquitectos de su generación, por el compromiso y coherencia con que respondió a los desafíos de la época en que le tocó vivir, asumiendo con una alta dignidad el ejercicio de la profesión, y siendo un actor protagónico de los cambios culturales y sociales del tercer cuarto del siglo XX.

Aunque quienes sembraron el terror pretendieron obliterar su existencia, aún persisten ejemplares testimonios de su talento. Estudiar, a través de su truncada labor creativa, ese compromiso hacia la colectividad que sostuvo las búsquedas personales de su arquitectura, es tomar un buen punto de comparación respecto a nuestro presente, para saber si vamos avanzando o retrocediendo.

El escenario actual guarda enormes diferencias con el que vivió Rodríguez: en vez de ser un país que buscaba la industrialización, hoy sólo extraemos materias primas; en vez de instituciones de gobierno prestigiosas y legitimadas por la ciudadanía, aparece un sistema político desconectado de la realidad, preocupado mayormente de su propia autopreservación; en vez de un Colegio de Arquitectos influyente y organizado que ejerce tuición éticasobre el ejercicio de sus asociados, nuestro gremio tiene un bajo nivel de convocatoria, escaso peso, y dudoso aporte; y en vez de buscar una arquitectura que construya tejido urbano armónico, hoy abundan las construcciones que aterrizan sin considerar más que el ego del proyectista, o el pago del cliente.

A pesar de un aparente progreso, una sensación de hastío se respira claro en el ambiente. Vivimos un momento histórico en que ya no nos contentamos con la democracia “en la medida de lo posible” que trajo la Concertación, ni creemos una promesa tan vaga como “la alegría ya viene”, promesa sostenida sólo por el miedo a la violencia que imperó en Chile durante casi 17 años. Esta falta de miedo es la que nos permite abanderizarnos con ideas que superen el dogma político del beneficio individual como único motor de la existencia humana, dogma que tiene su manifestación práctica en el dejar sin contrapeso los deseos perniciosos e insaciables de quienes ven la vida como un negocio.

Como arquitectos, nos corresponde retomar la mirada racional y amplia del fenómeno del habitar, y no de la forma como meta en sí misma, para lo cual existe el arte; o del oficio como simple medio para subsistir, cuando abundan tantas otras ocupaciones más fáciles y más lucrativas.

Es justo recordar que los arquitectos somos los responsables últimos de las edificaciones que se levantan, en tanto somos quienes firmamos las solicitudes que ingresan a la Dirección de Obras Municipales de cada comuna. La responsabilidad final será siempre nuestra, y no del mercado, las inmobiliarias, o el sistema.

Tal vez, hoy parecen anacrónicas las aspiraciones utópicas de cambiar el mundo a través de la arquitectura, y puede que esas aspiraciones, y la forma en que se quisieron concretar, sean efectivamente cuestionables. Pero, algo indiscutible, es que a través de una mala arquitectura, somos perfectamente capaces de hacer de nuestro hábitat un lugar peor.

_

Equipo Alejandro Presente